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Cien nobeles contra una ONG a cuenta de los transgénicos

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El problema de la carta dirigida por 109 nobeles a Greenpeace fue buscar un enemigo donde no lo había. La ciencia, a la que se supone un espíritu independiente y filantrópico, está más cerca de las causas sociales y ambientales que de los intereses del mercado. Pero mientras la ciencia determina si podemos modificar los genes de un organismo, la ética se pregunta si debemos.

Si los transgénicos existiesen por razones humanitarias y ecológicas, supongo que Greenpeace y tantas ONG solidarias que hasta ahora no lo han visto así, los apoyarían volando. Básicamente porque esa es su meta, no otra. Ni económica ni religiosa. Aunque se las quiera pintar como sectas retrógradas, no han cosechado su reconocimiento internacional desde una cueva o en campamentos hippies, sino desde el debate social, científico y ético, por su contribución y defensa de los más desfavorecidos -con sus aciertos y errores-. Por eso acusar a una ONG de obstáculo al progreso es grotesco. El enemigo de la ciencia no son las ONG (como el enemigo de Hiroshima no era la ciencia), sino la forma en que el interés político o económico la utilizan.

Las ONG no están formadas por neoluditas anti tecnología. Todo el que hace unos años osaba cuestionar el rumbo del progreso era reaccionario o enemigo de la humanidad. Hasta que le vieron las orejas al lobo con el fin de los recursos, que pasaron a ser eficientes y sostenibles. Si la tecnología no obedece a un progreso moral, si obedece más a la sociedad de consumo que a la del conocimiento, al desarrollo material más que al social, o a la productividad intensiva más que a la eficiente, es regresiva. Greenpeace defiende el progreso sostenible y recordó en su comunicado que apoya la biotecnología y el uso de transgénicos en ambientes confinados o para uso médico, no su liberación al medio ambiente. Quizá porque los transgénicos nunca han estado en manos de agentes medioambientalmente responsables o humanitarios, sino de empresas tras las que como es lógico no reluce una preocupación altruista, sino un interés por aumentar la productividad.

Ese interés, que en sí no tiene nada de malo, es la bandera de la agricultura industrial, que aunque ha facilitado y racionalizado el trabajo en el campo, también ha demostrado ser una amenaza para el medio ambiente. La ganadería industrial en nombre de la productividad se ha granjeado ella sola esta desconfianza, por lo que es la industria la que debe rendir cuentas y hacer demostraciones éticas. Tras tantos despropósitos en nombre de la productividad, sumidos en una crisis ecológica global, el principio de precaución defendido por Greenpeace no puede caricaturizarse como “dogmas y emociones”.

Los transgénicos no son el problema. Quizá en el fondo del rechazo social haya una idealización del alimento original frente al artificial, esencialismo que puede incurrir en la falacia naturalista: creer que lo natural es bueno en sí mismo, mejor que lo artificial. Falacia que remite a su opuesta: lo artificial, aunque racional, no tiene por qué ser mejor que lo natural. Admirar la naturaleza y estarle agradecidos no puede llevar a considerarla infalible, sino un proyecto azaroso al que nuestro conocimiento puede contribuir. Ver los transgénicos como organismos vacunados más que como prefabricados, puede ayudar.

Existe también la idea de que los transgénicos son una solución ofrecida por la industria para hacer frente a los problemas que ella crea. Como si fuese fabricando (y cobrando) parches para evitar el hundimiento del barco que ella misma produce. ¿Por qué la solución es esa y no un modelo productivo distinto? La respuesta puede ser que el mundo es como es y no como nos gustaría, o al menos no todavía. ¿Y mientras tanto?

No vivimos en un mundo ideal. Si un cultivo transgénico cumple garantías éticas con el consenso de otras ciencias, como la agronomía o la ecología, no debe despertar oposición. Pero por la misma razón, la superpoblación, la contaminación y la distribución de la riqueza merecen también soluciones científicas en vez de asumirse para hacer de la biogenética la única solución. La ciencia tiene muchas caras pero destaca aquélla en la que más se invierte.

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Hablamos genéricamente de transgénicos, pero cada organismo modificado merece un estudio de impacto, y la agricultura intensiva no es precisamente un laboratorio de precisión. La agricultura es en sí misma una actividad artificial que interfiere y reduce la biodiversidad. Si su gestión estuviese en manos responsables, cuanto más eficiente y seguro fuese el uso de transgénicos, más alimentos produciría en menos terreno y más superficie natural protegeríamos.

El problema de la carta es que sabiendo que Greenpeace es una ONG comprometida en causas pacifistas, sociales y ambientales, los nobeles se hayan erigido en autoridad científica para condenarla y usar un tono más propio de intereses particulares que independiente, propio de la ciencia, llegando a decir en sus líneas finales: “¿Cuántas personas pobres en el mundo deben morir antes de considerar esto un crimen contra la humanidad?”. El cinismo de espetar esta cuestión a una ONG mina el debate en vez de allanarlo.

Greenpeace recuerda que en Estados Unidos, principal productor de alimentos transgénicos, se impide el etiquetado de los mismos, derecho del consumidor que revela la transparencia de esta industria en el seno del “libre” mercado. Si hay desconfianza social hacia los transgénicos no es solo por la imagen sintética que se hace de ellos, sino por ese modelo intensivo y opaco que está detrás. Si los transgénicos han venido para beneficiar al ser humano y la biodiversidad, quizá convencerían mejor a la sociedad  exigiendo coherencia y compromiso social a la industria en vez de responsabilizando a una ONG de las muertes en el Tercer Mundo.