Turismo rural y agroturismo ecológico en España

La biocultura, los nombres del viento y la pérdida de contacto con lo rural

pintor griego Apeles

Cuando hablamos de crisis ecológica, olvidamos que no solo la biodiversidad se extingue, sino toda nuestra biocultura: los saberes y experiencias que como seres vivos nos integran en la naturaleza y la despiertan en nosotros. A medida que la naturaleza que llevamos dentro se apaga, degradamos la que nos rodea, porque nuestra cultura se urbaniza y esa pérdida apenas nos duele o nos afecta. Si el dolor es un mecanismo de supervivencia, no es de extrañar que nuestra especie se precipite al abismo, porque el materialismo nos anestesia.

Ese déficit biocultural es consecuencia de la pérdida de contacto con el medio rural. Nuestros ancestros suplían su ignorancia con un conocimiento intuitivo y fabulador, mezcla de asombro y devoción por la naturaleza en que vivían inmersos. Dependían tanto de ella que sentían al paisaje como una extensión de su cuerpo y su vida, creyéndolo animado. Su sistema nervioso debía ser tan sensible al vaivén del clima en el mar o en las cosechas que casi notarían la caricia del viento en la hierba o quizá hoy sufrirían ante nuestra mutilación del paisaje como si fuese una amputación.

Su cosmovisión mágica tenía una correlación real, pues idolatraban los fenómenos naturales que les influían, y es cierto que esos procesos físicos determinan los nuestros. Aunque lo olvidemos y seamos indiferentes a los garantes de la vida como el sol o la lluvia, fuentes de biocultura, ese vínculo es real. Ya no le llamamos magia, pero sigue siendo sobrehumano y poético, porque nos trasciende. El saber no ocupa lugar y la ciencia no rivaliza con la experiencia o con el asombro del universo, pero si antes la ignorancia degeneraba en superstición, hoy degenera en cientificismo.

Por ser objetivos al definir la naturaleza, quisimos distanciarnos tanto que nos salimos de ella y ya solo la entendemos desde fuera, como un objeto de estudio ajeno a nosotros, entes abstractos. La cultura se ha objetivado tanto que ahora en vez de personificar los fenómenos los cosificamos, sin valor vital ni emocional. El clima es un mapa de isobaras para las moléculas, pero no para nuestra piel o el ecosistema. Como si su mecanismo nos impidiese entenderlo por los efectos que despierta o si la maquinaria de un reloj nos impidiese leer el tiempo o las hormonas enamorarnos.

Para Rodríguez de la Fuente parecemos alienígenas en nuestro planeta. Si la extinción biocultural mina la biodiversidad, debe recuperarse el culto a la naturaleza no solo por lo que la explica sino por lo que manifiesta. En instintos o en belleza. Sin interpretar el paisaje como ecosistema, la concienciación ambiental da palos de ciego. La sensibilidad al viento es universal: en japonés antiguo distinguían más de dos mil. Navegantes como Ulises vivían a merced de ellos y fijaron la Rosa de los vientos, de 32 rumbos, según su procedencia. El Gregal sopla de Grecia, el Siroco de Siria

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En Europa es famoso el Foehn o viento de las brujas, corriente de los Alpes a cuyo influjo el Instituto Meteorológico Suizo asoció en 1974 una lista de trastornos: dolor de cabeza, mareos, depresión… La patología poética del viento es larga. Ondaatje dice que en Marruecos sopla el Aajej, contra el que los fellahin se defienden con sus cuchillos, que en el desierto hay un viento secreto cuyo nombre suprimió un rey después de arrebatarle a su hijo, y Herodoto narra la muerte de varios ejércitos a manos del Simún o viento venenoso, al que una nación declaró la guerra.

En España sopla el Solano, del que los molinos manchegos distinguían varios tipos; la Tramontana, viento del Ampurdán del que Dalí se enamoró y para el que soñó construir un órgano; el Levante y Poniente que en Cádiz nunca dejan de discutir; los Alisios, que en Canarias invocan al Mar de nubes, o el Cierzo del valle del Ebro, del que Catón el Viejo decía: “cuando hablas te llena la boca, derriba un hombre armado y carretas de guerra cargadas”. A efectos de la experiencia, la naturaleza es esta sensibilidad e interdependencia más que un conjunto de átomos y leyes físicas.

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Desde la Grecia clásica (Céfiro, Bóreas) a la América precolombina (Ehéctl), y desde el misticismo hindú a la espiritualidad chamán, el viento expresa misterio y aliento. No solo era un medio de información sino de energía y de transporte. El aire es el medio por el que sentimos la música o la voz, la humedad o el calor, y cuando se mueve y nos golpea, es lo más parecido a palpar el alma de la biosfera, a sentir la libertad y el impulso de volar. Porque son las masas de aire que gravitan por la atmósfera en relación a la superficie terrestre las que inspiran vida y forma al paisaje del planeta.