Turismo rural y agroturismo ecológico en España

Etnografía rural: la historia de Alan Lomax y el pastor de Andorra (Teruel)

etnografía rural

Ya presentamos en otro post a Alan Lomax, el “cazador de canciones” itinerante al que debemos el retrato sonoro de la España rural de los 50, con grabaciones del sonido ambiente y musical de pueblos, artesanos y paisajes etnográficos hoy ya perdidos. En un artículo de 1960, tras volver de su aventura europea, escribió:

“Incluso la rama más pequeña de la familia humana ha grabado alguna vez sus sueños en la roca donde ha vivido. Sueños reales, y a veces, llenos de sufrimiento, pero que se corresponden con su particular pedazo de tierra. Todas estas formas de expresar los sentimientos han formado la obra de generaciones de anónimos poetas, músicos y corazones humanos. Ahora, en la era de los aviones, comunicaciones y explosiones atómicas, estamos a punto de barrer de la Tierra el folklore virgen que queda, al menos el que no se ajusta rápidamente a los cánones de éxito de la urbanizada economía de consumo. Lo que antiguamente era un jardín exuberante con inmensa variedad de colores está en peligro de ser reemplazado por un sistema cómodo, pero estéril y aburrido de autopistas culturales, con un solo tipo de consumo y de música cultural. Hoy, solo a unos pocos folkloristas sentimentales como yo nos inquieta este panorama. Pero mañana, cuando sea demasiado tarde y el mundo se aburra con la música automatizada distribuida de forma masiva, nuestros hijos nos despreciarán por haber tirado a la basura lo mejor de nuestra cultura”.

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En una entrevista, años más tarde, admitía haber descubierto en su oficio algo más que una investigación de campo. No solo quería poner en valor la autenticidad de esta música, la que brota espontánea del trabajo o los anhelos de personas corrientes, cuya calidad no residía en el sonido tanto como en la emoción, el paisaje o la forma de vida que la impulsaba. Era un acto de justicia para dar voz a los sin voz:

“La industria del entretenimiento representa una manera de silenciar a la gente. Se supone que la comunicación debe ser recíproca, pero ha acabado siendo unidireccional. Sale de quienes pueden comprarse un transmisor, que cuesta millones de dólares, y va hacia la persona que puede comprar un receptor, mucho más barato. De forma que hay millones de receptores y solo unos pocos transmisores. Este es uno de los problemas más grandes que tiene la humanidad hoy. Lo más importante que podemos hacer es intentar restaurar el equilibrio. Yo lo llamo “equidad cultural“.

En el documental “Lomax, the songhunter”, un admirador del etnomusicólogo vuelve sobre sus pasos y llega a España, recorriendo pueblos de Galicia, León o Aragón, para buscar a los protagonistas de las grabaciones 50 años después. Cada uno de los encuentros es emocionante, porque al hilo de las notas de viaje escritas por Lomax, los mismos paisajes y gentes que pintó en aquella época vuelven a hacerse realidad ante nosotros. Es llamativo el caso de José Iranzo, el Pastor de Andorra (Teruel), a quien Lomax grabó en 1952. En su diario, Lomax apuntaría: “Crucé las montañas hasta las llanuras de Aragón. Esta es la tierra de la jota, realzada por la renovación folclórica promovida por los fascistas. Pero hay que admitir que a pesar de la influencia de la ópera italiana, la jota de Zaragoza es magnífica. (…) El cantante es un hombre bajo y fuerte, tiene unos 40 años y una voz incansable”.

En el documental, cerca de cumplir los 90 años, José Iranzo derrocha una vitalidad y entusiasmo por su oficio de pastor y su arte como jotero, inspiradores y contagiosos.

Más sorprendente aún es saber que hoy sobrepasa los 100 años, como su mujer, pues ambos nacieron en 1915. Dejo también este documental dedicado a él. No tiene precio.

Para los que quieran seguir los pasos de Alan Lomax, que sepan que junto a Andorra está el pueblo de Alloza, cuna del introductor de la patata en España, y de uno de nuestros asociados, La Ojinegra, con certificado ecogastronómico, refugio más que recomendable para dormir y sumergirse en el paisaje, la tradición y la cocina auténtica de este bonito rincón aragonés. Los fantásticos (y centenarios) cipreses del Calvario, dan fe.