Turismo rural y agroturismo ecológico en España

Una historia rural: Lomax, Miles Davis y el afilador

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El 27 de noviembre de 1952, día lluvioso, llegó a la aldea de Faramontaos, Ourense, un curioso viajero. Recorría el mundo coleccionando canciones. Recogiendo los sonidos populares y la voz de la tierra y sus paisanos, para que no se perdieran. Venía de Texas, USA, era etnomusicólogo y se llamaba Alan Lomax, hoy reconocido mundialmente por su contribución a la música. De joven había viajado con su padre por varios estados estudiando antiguas tonadas nativas, desde las cárceles a los viejos cantos de esclavos. Ya adulto, acechado por la Caza de brujas, dio el salto al viejo continente. A petición de la Columbia Records recala en España, concretamente en Mallorca, para asistir a un congreso sobre música popular, pero topa con las recelosas autoridades franquistas. El ponente, un refugiado nazi, “llegó a sugerirme que me fuese de España, y yo me dije que grabaría la música de este país desgraciado aunque tuviera que invertir en ello el resto de mi vida”. Como hiciera Robert Capa en sus fotografías o Hemingway en sus novelas, Lomax recorrerá España inmortalizándola en un álbum de postales sonoras.

Cuanto más se adentra en el rural, más se enamora: “Este es un gran país. Días cálidos. Mar cerca. (…) Pueblos antiguos y hermosos. La gente más simpática que he conocido, quiero quedarme a vivir en cada pueblo y casarme con cada adorable joven -señorita- que veo”. En su periplo recorre Andalucía, Aragón, Euskadi, Asturias… “Por todas partes hay cuarteles polvorientos con un cartel sobre la puerta: ‘Todo por la patria’. Es tan forzado que uno se pregunta “qué patria”, y basta una mirada alrededor para convencerse de que no es la patria de esta gente”. La Guardia Civil, con sus negros tricornios y capotes, le sigue como cuervos o buitres. “Descubrí que en España el folclore no es mera fantasía o entretenimiento. Cada pueblo era un sistema cultural independiente con tradiciones que penetraban cada aspecto de la vida; y eran estas costumbres, a menudo paganas, la armadura espiritual del pueblo español contra las muchas formas de tiranía que se le había impuesto durante siglos. Fue en su folclore heredado que los campesinos, pescadores, arrieros y pastores que conocí, encontraban los modelos de comportamiento noble y sentido de lo bello que los hacía tan amistosos”.

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“Yo era su invitado, más que eso, un alma gemela que apreciaba las cosas que ellos encontraban hermosas. Por eso, un folclorista en España encuentra más que canciones; hace amistades de por vida y renueva su fe en la humanidad (…). Recuerdo la noche que pasé en la cabaña de un pastor, en las llanuras de Extremadura iluminadas por la luna. Tocaba la vihuela, instrumento de los trovadores medievales, mientras cantaba baladas a las guerras de Carlomagno“. Lomax llega a Galicia a fines de 1952. Revela a la prensa regional su interés por los afiladores, célebres en la región. Tanto es así, que aquel día lluvioso en la aldea de Faramontaos, conoce a José María Rodríguez, afilador y castrador de cerdos. El americano queda cautivado por su melódico reclamo, la Alborada de Vigo, y toma varias muestras. Cuando años más tarde se editó el álbum sonoro de Galicia, en la cubierta figuró por su expreso deseo la foto del afilador. Lo curioso es el destino que tendría esa melodía, que al cruzar el charco de vuelta a América llegó a oídos del genio musical del momento, Miles Davis, inspirándole “The pan piper”, un tema de jazz enigmático y exótico que conserva el fondo de hipnótica e insistente llamada. Ejemplo de reinvención rural o reinterpretación joven de la tradición hacia algo nuevo y atractivo.

De Ourense, tierra de afiladores, salieron desde hace siglos a recorrer mundo grandes artesanos del oficio, llegando a acuñar un lenguaje propio, el barallete. Primero a pie, del interior a la costa, llevaban a cuestas la rueda de afilar o tarazana que usaban para pulir los filos del hogar y la siega; más tarde, empujándola, y por fin, en bicicleta. Aún hoy se oye a veces al afilador, y no sabemos bien si frotarnos los ojos o los oídos por si fuese una ilusión anunciada por el silbido del chiflo o flauta de pan, que entre el escándalo urbano es como un deshielo, reclamo o canto evocador de un pasado familiar y artesano. El archivo sonoro de Alan Lomax, al que tanto debemos, está disponible en Internet, y es un arca sin fondo donde recuperar nuestra tradición oral y diversa riqueza rural, sin fronteras: popular. A través de otros ojos. Su sección Ambiance (ambiente) recoge los preámbulos de las grabaciones. Perviven las voces de fruteros andaluces, lavanderas, arrieros, cantos de labor… La música folk es la música natural, que sin aislarse en lo folklorista, puede reinventarse por fusión cultural como parte de la revitalización rural que defendemos. Redescubrir lo propio a través de una mirada distinta, que desvele la dimensión y valor universal de lo local.