Turismo rural y agroturismo ecológico en España

El turismo de estrellas y la sabiduría rural de observar el cielo

turismo de estrellas

Ahora que la primavera empieza a cuajar y entierra uno de los inviernos más crudos que se recuerdan, vale la pena pensar lo ajenos que somos a la cultura rural de observar el cielo. Es curioso cómo la apariencia del mundo ha cambiado según las épocas que lo observaban: la ignorancia primitiva lo divinizaba, pero en honor a las sensaciones y recursos que la naturaleza proveía (la bonanza del sol o la violencia de la tormenta). Hoy nuestra visión de la naturaleza ya no se basa en lo que nos hace sentir, sino en las leyes físicas que la fundan, esterilizándola. Como si eso nos correspondiese más que sentirla. Renunciar a entender la naturaleza por lo que nos aporta o hace sentir para entenderla por lo que la explica, es como renunciar al amor o al placer por desvelar sus procesos neuronales. Ningún extremo es bueno…

Un ejemplo: el sol, origen de los dioses y religiones modernas, ya casi sólo se aprecia por su valor bronceador, a pesar de seguir siendo el fundamento de la vida en la Tierra. El mar, hace 100 o 200 años, imponía un respeto y una admiración casi divinas. No sólo por la precariedad de las embarcaciones, sino por su ingente tamaño. ¿Qué nos ha pasado para dejar de apreciarlo? Su inmensidad es la misma, y sus incógnitas grandes para los científicos, que hace nada advertían: “sabemos más de la superficie de Marte que de los fondos marinos”. El mundo no es más pequeño, sino igual de gigantesco; lo que se ha reducido es nuestra vista o nuestra experiencia.

Puede que para una sociedad que ve un “sistema de bajas presiones” o “ciclogénesis” en un temporal, más atenta a las isobaras que a las sensaciones que produce, el cielo y el mar hayan dejado de verse como las fuerzas sobrehumanas que son, para verse como simples decorados, perdiéndoles un respeto que a veces pasa factura. Por suerte, hay aún rincones que nos muestran sus magnitudes. La Ley del Cielo, en la isla de La Palma, combate la contaminación lumínica (las luces en ciudades son ténues y apuntan bajo, restringiéndose fuera de ellas), lo que congrega ya una incipiente afición al turismo de estrellas o Astroturismo. El paisaje estrellado es otro de los grandes espectáculos del pasado que hemos extinguido, pero el sello internacional Starlight evalúa la calidad del cielo nocturno en cada vez más destinos rurales.

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¿Qué es una tormenta si no algo atronador, que acongoja y nos afecta, directa o indirectamente? Parece que queramos vivir desde la óptica de las moléculas. La falta de sensibilidad, del valor sensorial a la hora de entender los fenómenos naturales, explica nuestra frivolidad ante ellos. Desmitificados, sí, pero llevados al extremo opuesto de pragmatismo, ninguneando los sentidos para los que la naturaleza nos predispone. Una de las virtudes del turismo rural es ésta: reeducarnos a vivir el mundo desde la pureza de los sentidos, y a mirar con los ojos de la historia o la sabiduría acumulada de viajeros y navegantes, el mapa del cielo.

El valor añadido del turismo rural del que hace gala la red Ceres Ecotur, es la limpieza y transparencia de su cielo, permitiéndonos incorporar a nuestro entorno una parte del paisaje olvidada. En muy escasos lugares puede admirarse la noche estrellada tal y como fue siempre, tal y como es. Un privilegio imposible en la ciudad y en todo contorno alumbrado, de cielos limpios y depurados de contaminación lumínica, estanques estrellados que parecen volcar el universo sobre nosotros. Y este lujo es de los que no se cobran con el ya típico: “Ah, claro, estás pagando el sitio…”.