Turismo rural y agroturismo ecológico en España

Volver a la palloza, el milenario hogar bioclimático

eficiencia energética rural

Seguimos en el norte, pero esta semana subiendo a la alta montaña. A la sierra de los Ancares, frontera natural de Galicia y Castilla y León. En ella resisten, como el poblado galo de Astérix y Obélix, las pallozas, míticas viviendas prerromanas atribuidas a los celtas: hogares de piedra techados por capuchas de paja. Sea en primavera o bajo la nieve del invierno, dan al paisaje una de las estampas más bellas y ancestrales del mundo. Tejados de paja semienterrados en la hierba o la nieve, brotando como setas del suelo… Si están de moda es porque un reciente estudio ha concluido que estas míticas viviendas son un modelo de rendimiento energético, de eficiencia energética rural, con menor demanda térmica que las viviendas rurales construidas hoy, dos mil años después. Prueba de esa eficacia es que siguieran habitadas al menos hasta los 70.

Poblaciones aisladas como Piornedo (Lugo) o Balouta (León) son de las pocas en que aún pueden apreciarse. Y habitarse… Ovales, circulares o rectangulares, las pallozas eran en tiempos la única vivienda de estas zonas; apiñadas unas a otras cubrían toda la aldea con una frondosa techumbre de paja, formando auténticos poblados celtas de aspecto indígena, hoy mermados y que empiezan a revivir gracias a la restauración y el turismo rural. ¿Quién no imagina a los druidas conjurando a la magia de la noche, entre las luces que alumbran la aldea en medio de la oscuridad de los bosques? Su amplio interior era fresco en verano y cálido en invierno, pues su estructura alrededor del fuego hacía de él un horno de temperatura constante a pesar del frío exterior.

Largos meses de invierno, bajo tormentas de nieve, pasaban las familias sepultadas en estos nidos de paja, viviendo al amor de la lumbre. Así lo describe una crónica de 1935: “Entramos en una de ellas (…). Quedamos un momento parados en el centro, hasta acostumbrar nuestros ojos a la penumbra llena de humo que nos hacía toser. Una docena de campesinos, mujeres, hombres y niños. Caras angulosas de color apretado y fuerte, blaquísima dentadura. Hablan con gran despaciosidad y parsimonia”. Y otra de 1914: “la vida familiar se intensifica dedicando las horas de encierro a la construcción de aperos, cestos, etc. los hombres, y a la elaboración de botelo, mantecas, y de los sabrosos quesos del Cebrero las mujeres. (…) Y cuando el tiempo abonanza y el terreno lo permite, celébranse allí, por la noche, los clásicos filandones o polavicas, reuniéndose las gentes a fiandar (hilar), leer, charlar, jugar y retozar (…)”.

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El estudio del que se hizo eco la prensa gallega y leonesa, dice que las pallozas, reinterpretadas con ventajas técnicas, vuelven a ser perfectamente habitables, pues sus características se emplean en la arquitectura bioclimática más moderna y sostenible, reduciendo las emisiones de CO2, como la permacultura. No olvidemos que el hombre civilizado es el único ser vivo que contamina el lugar donde vive, el suelo que le nutre y el aire que respira. El estudio pretende demostrar la viabilidad y rentabilidad de las pallozas hoy, en proceso de reinvención. En países como Holanda o Gran Bretaña han aumentado las casas con techos de paja bajo los mismos principios energéticos.

La semana pasada dábamos a conocer la oportunidad de dormir en un hórreo. ¿A quién no le apetece dormir en una palloza? Como la Palloza Baltasar, en Lugo, o la Casa de Lamas, en León, casas rurales que invitan a vivir una experiencia inscrita en una historia y naturaleza milenarias: bajo el grueso manto de nieve y el refugio de la paja y el fuego, al calor de historias y leyendas medievales sobre bosques embrujados, lobos y criaturas mágicas. Al salir de la palloza, que es una buena manta, el aire puro y seco de la montaña, donde campan los caballos salvajes. Hay en ello algo exótico, casi indio, arraigado a nuestra naturaleza, que vale la pena preservar y descubrir.