Turismo rural y agroturismo ecológico en España

Rutas verdes y ecoturismo por la herrería de Bogo

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En el extremo noroccidental de la península, a cubierto de los rigores del mar y a la sombra de copas centenarias, discurre pacífico el Eo. A lo largo de su historia ha conocido otros nombres. Los romanos lo llamaban Egoba, y los cronistas medievales Iuve, o Euve. En la guerra de Independencia fue testigo de los desmanes del terrible general Fournier, apodado “el demonio”. Hoy, su cauce, querido de las truchas, las nutrias o el Martín pescador, da vida a un paraíso sin fronteras ni edad declarado por la Unesco “Reserva de la Biosfera”, y de principio a fin su nombre va regando las orillas gallegas y asturianas por las que pasa. Es el caso de Fonteo, población que le ve nacer, o de Ribadeo y Vegadeo, que le ven morir frente al mar. La reserva abraza la región de los Oscos y las Terras de Burón, y hace convivir en su riqueza natural a salmones, pájaros carpinteros, búhos y lobos, robledales, cascadas y hasta una ruta de vías verdes por una abandonada red ferroviaria.

Río arriba desde A Pontenova (o puente nueva), al Eo llegan varios afluentes, cada uno con su camino y su propia historia. El llamado Reigadas remonta un bosque de mismo nombre que esconde en su seno la antigua Ferrería (herrería) de Bogo, fundada en 1534 por el hidalgo Pedro de Miranda. Quienes se adentren hasta ella descubrirán una hermosa siderurgia medieval en la que la fuerza hidráulica refulge espumosa y boyante. Barbas de musgo chorrean por los muros, engalanados  telúricamente; un puente cruza el rio, y la piedra esculpida por el hombre y el liquen grabado por el aire, se funden como uña y carne. No cuesta imaginar el eco del martillo golpeando el yunque en la forja o el trajín de carretas. En este apartado estanque se respira la blanda humedad del bosque, el agua dulce y mineral de los cantos del río, las hojas muertas, el olor de las castañas… Alrededor, coronando la cima de montes poblados de vegetación, asoman aldeas de madera como nacimientos navideños tallados por el paisaje.

Siguiendo el curso del río, no lejos de la herrería, el viajero encontrará reposo y sustento en la Casa do Fidalgo. Levantada en 1847, fue restaurada en 2008 y convertida en cálido y confortable refugio de caminantes por los herederos del fundador. Esta preciosa y robusta casa rural tiene un anfitrión especial: el perro de la familia, Fiz, que conoce a  la perfección las rutas de senderismo y conduce a los huéspedes como buen cicerone por los caminos que se internan en el bosque. La casa cuenta en el exterior con cabozo (hórreo) y mesón-sidrería. Hay un festival celta que se organiza cada año en la comunidad de Machuco, autodenominado “el más pequeño del mundo”. Las tres viejas aldeas que custodian el bosque desde lo alto de los montes: Bogo, Vilarxubín y Sampaio, forman el triángulo dos trasnos (el triángulo de los duendes), pobladores de las historias y leyendas de esta región de las nieblas.

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Al anochecer, asomado a una ventana desde uno de sus cuartos, uno podría pensar que se halla en un rincón perdido y alejado del mundo, en el que las sombras del bosque, al medrar y estirarse, a punto están de engullir la casa y hacerla desaparecer. En parte así es. Intimidan el aislamiento y la fronda que la envuelve, los ruidos y fragancias nocturnas que acechan tras el cristal, condensado de frío. Se diría que ni un alfiler cabe entre la espesa masa arbolada, como un lecho de musgo gigante. La jurisdicción de los hombres parece entonces menguar ante toda la vida que afuera, alrededor de la casa, despierta con la noche, y el huesped, intuyendo la nueva forma de supervivencia mágica y noctámbula que se gesta al amparo del bosque, no puede evitar acostarse con una íntima satisfacción de bienestar, de plenitud y de connivencia con la vida que le envuelve agazapada, llena de aliento en espera del amanecer.