Turismo rural y agroturismo ecológico en España

El mapa como estrategia de promoción del ecoturismo

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Nuestra visión del mundo, a diferencia de la que duró hasta la generación de nuestros abuelos, no es fruto de la experiencia local o del relato oral, sino de otro relato, el global: imágenes vía satélite y tecnología punta. No vemos el mundo como es, sino el que el modo de vida que proyectan las pantallas (móviles, ordenadores, TV), nos muestra. El 90% no se ve. Además de sesgada, es una visión más fría y técnica que animal o sentida: inmediata, virtual y exacta. ¿Cómo ese mundo no va a diferir del que la naturaleza nos predispuso a sentir? Hemos adquirido una visión GPS. Cuando viajamos, no vivimos el territorio atendiendo a los ecosistemas que lo forman y nos dejan existir, sino a las redes viales, señales de tráfico, áreas de servicio, vallas publicitarias, centros comerciales, o sea, al tejido inerte, a toda esa broza de plástico, asfalto y metal de la que hemos rodeado nuestra vida, mirando con distancia el paisaje que nos es más propio, como alienígenas.

Hemos interiorizado tanto los mapas políticos y de carreteras que ya no nos movemos por el físico. El mundo GPS es una mezcla heterogénea abarrotada de información, carreteras, fronteras, ciudades, fábricas, etc., nada vivo. ¿Y cómo valorar lo que no vemos? Si a la sociedad le cuesta concienciarse por la naturaleza es porque su mundo mediático es una máscara artificial. Por eso es importante la mirada sostenible que sabe filtrar lo orgánico de lo sintético. Y por eso los proyectos sostenibles pierden su autenticidad al representarse también en el mapa artificial. Pertenecen al otro lado, a la zona invisible, al ecosistema. Es el mapa físico el que mejor expresa el otro mundo al que nos invitan, y en él deben promocionarse. Sólo saliendo de esa telaraña de red vial y mediática que enmascara el paisaje, puede conocerse un lugar, a pie, sumergiéndose en el relieve que lo enriquece. Esa experiencia pedestre del territorio la ilustran los mapas físicos.

Mapas físicos como las cartas náuticas, cuya leyenda formaban el poniente y levante del sol, los vientos, los cabos y restingas, las montañas y accidentes del relieve que servían de guía visual, los bosques y fuentes de agua dulce que daban riqueza a un puerto. En esas cartas destacan los elementos naturales que condicionaban la vida y la actividad humana, exagerando la altura de un monte o la anchura de una bahía en proporción a su valor. Esos protagonistas del mundo antiguo siguen entre nosotros, olvidados, y esa cultura natural que daba nombre a los vientos ha desaparecido pero es con la que el ecoturismo y turismo sostenible tienen más que ver, y la que deben recuperar si buscan la experiencia natural del paisaje. Ninguna actividad está más ligada al territorio, así que la imagen que proyecten de sí mismos debe enraizarse en él. Claro que no podemos prescindir de las carreteras para que nos localicen, pero el Dónde estamos no puede limitarse a señalizar la A6, sino el ecosistema único que nos define, donde el viajero quiere perderse e integrarse.

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Uno de los alicientes de viajar es perderse, evadirse de lo cotidiano y reinventarse en otra cultura u otra vida. Desaparecer del mundo global (que exhibe) para volver al local (que esconde). Por eso la promoción de la naturaleza debe hacerse desde su idioma, la cultura paisajística o biocultura cartográfica de los viejos mapas físicos, hechos con pulso viajero. El mundo es otro si se mide en brazas o si interactuamos con él no solo por la vista sino por otros sentidos y estímulos, pero ese no lo captan las fotos ni las pantallas. Nuestra capacidad de percepción ambiental se ha atrofiado tanto que nada como un mapa hecho a mano para interpretar el mundo como se vive y siente a escala humana.