Turismo rural y agroturismo ecológico en España

El turismo sostenible y el valor de la invisibilidad online

turismo sostenible

“Es un lugar tan bonito… Mejor no hablar mucho de él que se corre la voz y se echa a perder”. Es algo que todos hemos pensado u oído. Cuanto menos se sepa de ese lugar especial, mejor, pero al mismo tiempo, cuanto más secreto sea, más valor e interés tendrá como destino “auténtico”, y a veces, promocionar y explotar esa virginidad será la única forma de protegerlo y dotarlo de independencia económica frente a inversiones foráneas. Es un dilema inevitable, pero ante el que no deben tirar la toalla quienes defienden el turismo sostenible. Lo que hace especial a ciertos lugares es que conservan la intimidad original de la naturaleza, la libertad y ajenidad a nuestro ruido mediático, en su paz y equilibrio ecológico: son burbujas del universo tal como evolucionó, mágicos por tanto, que queremos salvar de las masas, pero sobre todo, de su exhibicionismo venal en el escaparate de Internet. Si como decía Saint Exupery “lo esencial es invisible a los ojos”, hoy lo es también a los satélites, a los índices de audiencia y a Internet. En un momento de fiera competitividad virtual en que sólo se habla de visibilidad comercial y posicionamiento, cuando la ley del más fuerte parece traducirse en la ley del más visible, ¿debe la naturaleza también competir o exhibirse sin límite para salvarse? ¿Debe la sostenibilidad caer en ese juego?

Hasta hace poco, mi forma de buscar destinos de turismo rural auténticos era precisamente por descarte de todos los que aparecían en Internet. Me bastaba con ojear las guías impresas y fichar los que aún no se habían sumado al mercado online. Para mí, cuanto peor posicionados, mejor. Creía que los más visibles eran los más “comerciales”, y mi criterio al buscar una casa rural era precisamente que por su modestia y autosuficiencia, siguiese escondida, integrada en el medio rural sin cobertura ni wifi. Cuanto más emancipada de las pequeñas servidumbres globales y los rankings oficiales, mejor, pero sin caer tampoco en un idealismo bucólico o prehistórico, sino en una sencilla experiencia del entorno, analógica y offline, como la de hace 20 años.

Debe matizarse que esto ya no siempre es posible. Que el mercado se impone y exige, y al globalizarse, muchas familias y emprendedores deben hacerse ver para subsistir. Que el rural tiene la obligación de redefinirse, modernizándose para ser rentable y habitable. Que puede ser incluso el modelo de reconversión sostenible de las ciudades. A todos nos interesa que el ecoturismo prospere, aunque para ello deba renunciar a parte de su esencia: la invisibilidad natural, el velo topográfico con que la naturaleza protege sus rincones. Pero el turismo rural se caracteriza por una experiencia íntima y singular del medio rural, e Internet, por un visionado público y homogéneo de todo, por su omnivisibilidad al desnudar en imágenes cada rincón y colgarlo en su escaparate, desmembrándolo simultáneamente en tantas pantallas y ojos como puedan reproducirlo. Mientras la naturaleza “vive” inadvertida e inasible como un río, Internet la detiene y radiografía, aireando lo que de otro modo se mantendría secreto salvo para una experiencia in situ. En ese sentido, la mejor promoción pasa más por la sugerencia que por un desnudo integral a la intemperie online.

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Visibilidad sí, pero con criterio. Visibilidad sí, pero no a cualquier precio o como la de tantos hoteles y negocios de los que el diferenciarnos constituye un activo. El modelo de negocio sostenible no tiene nada que ver con el del voraz turismo convencional. Quizás al principio no quede más remedio que promocionarse a gran escala, pero con idea de segmentarse en el futuro. Promocionar más las regiones y los canales de contacto (sólo los portales de reserva con la misma rigurosa filosofía). El tipo de cliente que tengamos será nuestro mejor certificado, y nuestra exigencia al anunciarnos, el mayor sello de calidad. Debe darse prestigio al turismo sostenible, un prestigio por primera vez no hedonista o basado en estrellas o en el lujo interno (el hotel como fin en sí mismo aislado del entorno), sino de integración y compromiso intelectual y moral con el destino, una élite frente al turismo de masas por responsabilidad e inmersión en el contexto, relación sin la que el “turismo” se pervierte.

El turismo sostenible, más un objetivo transversal al turismo que una variedad, debiera concebir el alojamiento como un servicio y al cliente como un huésped, a posteriori del lugar, no como un negocio a priori del lugar, evitando el mercantilismo por su participación en el medio natural o etnográfico, valores que sólo comunicaremos sin la ostentación de hacerlo, al segmentar nuestra visibilidad. Figurar en todos los canales puede ser contraproducente si nuestra imagen quiere distinguirse e identificarse con otro estilo de turismo y nuestro destino quiere conservar su encanto, precisamente porque su esencia es la discreción, la intimidad, el prestigio de una joya que justo por su valor, está mejor protegida que cualquier piedra. El principio de sostenibilidad no puede supeditarse sin más a los hábitos de consumo del público si éstos obedecen al modelo insostenible del todo vale, debe tratar de influir en ellos, inculcando el valor por el criterio. Visibilidad sí, pero filtrada.

Comentarios

  • Severino

    Gemma Lienas (1) nos dice en un artículo sobre “Clases sociales y visibilidad”: “el poder es rico y, por tanto, sólo menciona a los ricos”. Eso lo podemos comprobar fácilmente si mencionamos los principales buscadores de turismo rural en nuestro país como Top Rural o Escapada Rural. Si pagas y mucho, eres visible. Si no lo haces, no lo eres, o por lo menos así ha sido durante mucho tiempo. Pero ¿nos interesa esa visibilidad? Me refiero a la mirada del poder que es, por definición, “corta de miras” y falta de curiosidad” como dice Gemma.
    Por eso, me parece muy sugerente tu post ya que nos proyecta a quienes somos gestores de esos destinos sostenibles, esa mirada externa de alguien que mira como nosotros queremos ser mirados, y por lo tanto nos aporta una interesante reflexión acerca de ese difícil equilibrio a la hora de promocionar nuestras iniciativas de turismo rural.
    Y en mi caso, aunque no haya conseguido atraer tu mirada con mi poca visibilidad, reconozco que siempre me pareció más ventajosa esa relativa invisibilidad en los grandes portales, creyendo firmemente que existían viajeros con tu estrategia de búsqueda, y que lo idóneo era recibir a quienes finalmente nos encontraban porque en su búsqueda parcial y específica se habían topado con nuestra propuesta.
    Y no sólo es internet. Todo eso es extrapolable a la visibilidad sobre el terreno, y recordando algunas quejas de quienes encontraban cierta dificultad en llegar, si había química les decías que esas dificultades son necesarias para recibirles con una mirada y una sonrisa, y si no había química pensabas o les asegurabas que aún eran pocas esas dificultades.
    Habría que inventar un vocablo para definir esa sutil estrategia entre visibilidad e invisibilidad, para que lleguen a su destino quien tenga que llegar y valore la parte de sorpresa y de curiosidad que atesoran destinos no masificados. Y ese vocablo debería buscar su raíz en la mirada, ya que como concluye Gemma en su post, “la visibilidad depende de la mirada de quien mira y no de quien es mirado”
    (1)http://www.gemmalienas.com/articulos/clases-sociales-y-visibilidad?lang=es

    • Aldan

      Se agradece el aporte de Gemma Lienas. Hoy, al hilo de este post, alguien me ha comentado lo mismo que dices: lo que se valora a veces en este tipo de viajes, y siempre dentro de unas mínimas garantias, el factor sorpresa, la privacidad del destino, al resguardo de la sobreinformación. Pensaremos un vocablo adecuado, algo así como “mirada sostenible”, pero con más gancho. Un saludo.