Turismo rural y agroturismo ecológico en España

Recuperar los símbolos icónicos de nuestro patrimonio rural

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Así como Estados Unidos siempre ha sabido seducir y sacar partido o despertar atracción por sus paisajes, reiventando su iconografía joven y mitómana de los desiertos, largas carreteras (ruta 66) o el medio rural (country), a través de la moda, el cine o el inagotable Far West, así como Italia tiene su Toscana o Francia su Provenza, ¿qué tiene España? ¿Dónde está el atractivo estético e icónico de nuestro rural? Estigmatizado por su atraso secular, en tópicos rancios y folkloristas por el franquismo, parece avergonzarnos o ser todavía incapaces de librarlo de esa losa de complejos históricos, en una demostración de falsa modernidad. Como si el campo en España fuese siempre antiguo. ¿Está reñida la juventud con el campo? No es solo cuestión de oportunidades, sino de imagen. ¿Puede haber, como en esos países, estilo, atractivo y hasta lujo en las llanuras castellanas, extremeñas y andaluzas? ¿O su pasado lo impide? Solo hacen falta nuevos ojos, relatos o valores con las que asociarlas y rejuvenecerlas, más allá del inmovilismo tradicional. De nada vale toda la historia que tienen si se atesora bajo el polvo, a ritmo de arado o procesión, con la triste desolación del Quijote, sin el impulso de un imaginario joven, de nuevos personajes que llenen de vida y atractivo esos paisajes. Puede que la clave esté en visibilizar más el carácter salvaje, natural o “libre” de estos ecosistemas, donde todo puede pasar, por encima del tradicionalismo cultural que limita sus usos y posibilidades bajo esa apariencia de antigüedad, a la que por cierto son ajenos.

Uno de nuestros paisajes más dignos de promoción es la dehesa, icono ibérico. Tiene reminiscencias de sabana africana, pero es más arbolada. La semana pasada estuve en Fregenal de la Sierra, uno de los últimos pueblos de Extremadura en las estribaciones de Sierra Morena, lindando con Andalucía. Fregenal recuerda a una de esas míticas y blancas ciudades medievales de antiguo abolengo y esplendor. Por su tamaño, por su blancor, por sus blasones, sus casas solariegas y su castillo, que conserva una plaza de toros del siglo XVIII que por las noches debe parecer fantasma. ¿Qué pueblos del lejano oeste tienen eso? Más allá del lugar y de sus atractivos, entre los que sobresale la gastronomía (el revuelto de gurumelos o el jamón ibérico), lo que enamora son sus dehesas, sobre las que despuntan, coronando colinas, blancos pueblos a lo lejos. La comarca forma parte de la Ruta del Jamón ibérico, la más sabrosa y encantadora de este importante territorio ganadero. Algo más al sur, en el corazón de las dehesas, ya en Huelva, hay que hospedarse en la Finca Montefrío, paraíso de agroturismo sostenible y ecológico.

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La dehesa es nuestra pampa, por su extensión, por sus “ranchos” y por sus reses, es la armonía entre el hombre y la naturaleza hecha paisaje a lo largo de siglos, un modelo de ecosistema sostenible genuino de la cultura mediterránea y penínsular. El idílico bosque de los mitos clásicos, real y viviente. Al recorrerla desde la carretera o por sus caminos, llama la atención su color y su luz, una luz verde oliva, oscura y plateada, que tamizan las hojas de las encinas o alcornoques y que oscurece los prados, salpicados de blanco por las jaras, de malva por el brezo, el cantueso o lavanda, de rojo por las amapolas y de amarillo por la retama. ¿Cuánta fauna, cuántas aves, conviven en la dehesa? ¿Y cuánta Historia e historias ha visto para hacerlas hablar y sacarles partido? Estados Unidos ha rentabilizado su corta historia desde el punto de vista de la imagen mucho más que ningún otro país. Hay madera de paisaje icónico en nuestro rural. Renovar su imagen y sus valores, su atractivo neorrural y su promoción, es también hacer patria. Y marca España.

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