Turismo rural y agroturismo ecológico en España

Turismo rural: la belleza está en el interior

turismo rural

Vivimos en una sociedad artificial sometida al dictado de la imagen, que copa cada vez más espacios, desde la televisión a las redes sociales, y estiliza a través de las pantallas el reflejo en que debemos mirarnos. Las personas se cotizan por imitación en un nuevo elitismo equiparable al de las clases sociales que creíamos superadas. Antes de llegar los móviles e Internet ya vivíamos en una sociedad consumista y de masas, pero ahora, además, todos la amplificamos como postes repetidores. Cada persona tiene un espejito mágico como el de la madrastra del cuento, desde donde puede tunearse la cara con herramientas de retoque fotográfico para parecer más guapa sin necesidad de preguntárselo, monitorizando a distancia su reputación online y su vida, pero además, reproduciendo patrones de pensamiento masivo, de forma viral, adictiva (a golpe de clic) y acrítica. La crítica, tan devaluada y tildada a la mínima de reaccionaria, es una defensa endeble ante el rodillo gigante de esa cultura monolítica. La publicidad ha contribuido queriendo seducir siempre desde la lógica de la vanidad, el exhibicionismo o la competitividad: la ley del más fuerte, el más guapo, el más visible… Por eso aparentar hoy lo es todo, tanto como en los tiempos de la hipocresía decimonónica: con el cuerpo, los hábitos sociales o la moral.

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Ante una sociedad ansiosa por aparentar juventud o innovación constante, artificial y operada, la naturaleza, que es cíclica, da siempre una lección providencial en otoño, cuando los bosques caducan, o con cada puesta de sol, cuando el cielo se desploma con el peso de la noche, que llega igual para todos, con la contundencia de una realidad inexorable y cíclica. Esa decadencia es un triunfo de la naturaleza, que pone toda la parafernalia material y el ego ante su verdadero reflejo. En ese sentido, desde la modestia y la humildad, el turismo sostenible respeta los ciclos de forma inversamente proporcional al turismo convencional.

Hay una España  que recuerda a veces a esos personajes de la tele que esconden su edad tras el botox como el polvo bajo la alfombra, inflando sus rostros neumáticos por vanidad o complejo de vieja gloria: la heredera del Spain is different, que acomplejada de agrarismo, amortizó su fama a costa del Sol y playa y el folclore, asociando su reputación a eso, tópicos y marketing. El lavado de cara con que escondió las arrugas de su atraso histórico se cebó en la costa, sometiendo a operación estética su silueta litoral en una política rendida a la especulación. Como si fuera silicona, inyectó a sus playas cemento y ladrillo para estirarse la piel en un lifting turístico, que clamando Sol y playa prostituyó su costa. Los hijos del ladrillo son la ironía de esa conversión fraudulenta, de la España cañí a la España cani.

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¿Qué pasó con el interior? ¿Con la riqueza de una península de singularidad geográfica donde confluían climas, paisajes y culturas diversas? ¿Con tesoros patrimoniales y rurales como sus Denominaciones de Origen? Los escondió tras el tópico y sólo ahora poco a poco se modernizan y salen a flote, defendiendo su autenticidad y un turismo diferente. Iberia es un mosaico, pero todavía desordenado. Y hay diferencia entre hacerse valorar por el Sol o por méritos propios, por articular un modelo civil y turístico integrado. En un contexto global abocado a la sostenibilidad, España, como potencia turística, tiene la oportunidad de ser una vanguardia del turismo responsable y eficiente. El turismo rural ecológico o ecoagroturismo, que distingue a la red Ceres Ecotur, protege la diversidad desde la integridad, evocando la dignidad de sus arrugas, de un esfuerzo nunca recompensado ni vendido, pero inscrito en el territorio con mayor biodiversidad del continente.