Turismo rural y agroturismo ecológico en España

Turismo sostenible y ética: ecología, animalismo y toros

toros

Vaya por delante que es una opinión personal, pero hacen un flaco favor a la causa animalista los antitaurinos que se alegran por la muerte de un torero, un ser humano -que también es un animal- por el que dejan de tener empatía, demostrando una hipersensibilidad relativa. No se puede ser sensible al sufrimiento animal sin serlo al sufrimiento humano, se puede anteponer uno a otro, pero eso ya no es sensibilidad ni amor a los animales, sino misantropía. Para un animalista sería como alegrarse por la muerte del lobo por compadecer al cordero. La violencia todavía forma parte del comportamiento cultural del hombre, y que te parezca moralmente desfasado como el de un caníbal no le exime del sufrimiento físico a él ni del moral a su familia. Esta empatía por la familia, víctima indirecta, me parece aún más básica, y quienes ni siquiera sienten respeto por ella son caso aparte. Lo peor no son los casos que se extralimitan en Twitter, si no la mayoría que no lo hace pero también se alegra. Esa satisfacción me hace sentir infinitamente más lejos de esos antitaurinos que de los taurinos. Porque la ecología sin humanitarismo no tiene sentido, y porque en cada corrida, la vida humana vale más que la del toro aunque solo sea porque a la vida biológica se añade una vida personal, y olvidar esto es olvidarlo todo. ¿Eso justifica el maltrato animal? No.

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El problema de este debate es que enfrenta a dos tipos de emotividad (cultural y natural), y cada una está justificada desde una experiencia personal y cultural distinta. Si por un contacto frecuente con animales (o sin él), te conmueve el sufrimiento del toro, sentirás una repulsa instintiva hacia quien lo inflige, anteponiendo una barrera que hace incomprensibles sus emociones o razones. Pero la repulsa que sientes ante el lobo mientras mata nunca te llevaría a criminalizarlo porque sabes que está en su naturaleza, y respetas la naturaleza por encima de todo. Para quienes ignoran el sufrimiento del toro y se dejan llevar más por emociones culturales, hay una justificación moral al toreo. Y desde esta actúan. Desde ese sentido moral que ellos le dan, torean o van a los toros. Por eso aunque no me gustan -y menos que se la considere la fiesta nacional-, me parece absurdo y contraproducente llamar asesinos o torturadores a los toreros. Porque no lo son, su intención no es hacerle sufrir para regodearse. Su perspectiva cultural les exime de la crueldad moral que ve el animalista. Los animalistas que se alegran del dolor humano, sin embargo, no tienen explicación natural ni cultural.

Es un conflicto ético muy vinculado al turismo sostenible. Por ejemplo, a los valores que enfrentan al turismo sostenible rural, generalmente sensible al conservacionismo, con la comunidad local, habituada a tradiciones y costumbres que a veces frenan la conservación, como la caza, la oposición a reintroducir ciertas especies como el oso o el lobo, o los festejos con animales. Ante esos conflictos, creo que debe prevalecer el respeto a la comunidad local entendiendo toda la historia cultural que enraiza sus hábitos. Es más eficaz proponer variantes o alternativas ecológicas, buscando un valor etnográfico o vínculo a preservar de su tradición, que apelar al desprecio y la imposición.